



Lo eterno es uno, pero tiene muchos nombres”
Rig Veda
Comencemos por señalar que el concepto de “Topofilia”, se debe, hasta donde tenemos conocimiento, al filósofo francés Gaston Bachelard, quien lo acuñara en su famoso trabajo: La poétique de l´espace, editado en 1957, para aludir fundamentalmente: “a la determinación del valor humano de los espacios de posesión, de los espacios defendidos contra fuerzas adversas, de los espacios amados (donde...) a su valor de protección, que puede ser positivo, se adhieren también valores imaginados, y dichos valores son, muy pronto, valores dominantes. El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vívido, y es vivido no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación” (Bachelard, 1975. pp. 28).
Como se ve, para Bachelard la topofilia es una categoría poética del espíritu desde la cual la percepción del espacio se mediatiza, no sólo por la experiencia sensible que pueda tenerse de él, sino por la fuerte carga imaginativa a través de la cual se podría afirmar que éste “entra en valor”; o lo que es lo mismo, en “apropiada significación” ; condición que le permite diferenciarse del espacio mesurable de la física o de la geometría para ostentar la categoría de “espacio vivido”, o espacio vivenciado.
Sobre esta primera definición, el geógrafo y escritor chino-estadounidense Yi Fu-Tuan en 1974 elabora su propia definición del concepto, remitiéndolo a una especie de sentimiento de “apego” (relación emotivo-afectiva) que liga a los seres humanos a aquellos lugares con los cuales, por una u otra razón, se sienten identificados. El lugar no es sólo un espacio geográfico determinado, el lugar está impregnado de subjetividad, podría definirse como el conjunto de relaciones afectivas y emocionales que las personas mantienen en y con un territorio concreto. Y por razones frecuentemente muy diversas y con las diferencias que comprenden los matices poéticos, son espacios ensalzados.
Entre el documento y la abstracción, la serie “Topofilia”, despliega un itinerario por museos internacionales de arte, sus espacios y algunas obras de particular interés arquitectónico. Más allá de la finalidad por la que son construidos; constituyen una expresión artística que merece ser explorada y apreciada en toda su complejidad. A pesar de que gran parte de las imágenes se vean sólo como fotografías de arquitecturas; bajo la lente del artista, llamémosle narrador o intérprete, solo destila un lenguaje fotográfico.
El uso de la serialidad de las fotografías la entendemos como describe Marta Gil: “cada imagen de una serie separa y conecta, a la vez, las imágenes que le preceden o que la siguen, como una partitura visual.” Una vez establecido el reconocimiento de estos espacios, el desafío subyace en el acto de descifrar las deliberadas operaciones de la mirada del autor; como señala Susan Sontang: “fotografiar es fundamentalmente conferir importancia.” A nuestro entender, fijar la mirada sobre la superficie de los edificios permite vislumbrar las formas, a la vez fluidas y estrepitosas, por las que deambula el tiempo. Para el arquitecto japonés Tadao Ando, las superficies no son espacios: deben desaparecer para dar lugar a la experiencia espacial. Los muros de hormigón liso, reducidos a su extrema simplicidad, adquieren vida con la luz y producen en el visitante una sensación de vacío. Al mismo tiempo que preserva y potencia el poder evocador de la historia de los edificios, sus intervenciones tienen la capacidad de establecer espacios contemporáneos totalmente nuevos. Este enfoque se refleja en la reforma y rehabilitación de la Bourse de Commerce, París (actual sede de la colección de arte contemporánea del francés François Pinault). La importancia del espacio interior y sus transiciones con la historia del edificio, son la fortaleza de los dos dípticos seleccionados para esta edición.
Desde otra perspectiva, las fotografías de la pieza compacta y rectangular de la bodega Casalobos, (diseñada por el estudio de arquitectura Sancho- Madridejos), se caracterizan por la simplicidad de las superficies plegadas, a manera de desarrollos; pliegues y frunces que el matemático René Thom denominaría poéticamente colas de golondrina. Las imágenes están compuestas de muchos planos, que nos lleva como afirma David Campany: “hasta un borde donde la incertidumbre se multiplica (…) El cálculo, la geometría son solo herramientas que abren las puertas del asombro. Y esa búsqueda puede ser infinita”. Con todo ello, es una obra de concepto y proceso, donde destaca la modulación de los espacios y la orquestación de las líneas, que adquieren la categoría de signo.
Por último, desde otra distancia, los versos escogidos de Olga Orozco: “delante de una vaga tormenta detenida en iguales tinieblas, en iguales pesados resplandores, ella ocupó su mundo.”